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Maradona, el fútbol y la reputación de las estrellas

28/07/2017

Consumo de drogas, positivo en dopaje, amistades peligrosas, violencia machista, agresiones a periodistas… La conocida ‘Mano de Dios’ no ha dejado charco sin pisar ni polémica sin avivar. Resultado: su reputación para el gran público aparentemente se ha visto perjudicada desde los años 80. Pero, ¿ha hecho mella en sus fans este tipo de actitudes contrarias a la más elemental ética? ¿O, por el contrario, no ha dañado en lo más mínimo la admiración y la estima que sienten por él? El caso de Maradona es interesante porque recientemente, tras su paso fugaz por Madrid, ha vuelto a ponerse de relieve hasta qué punto la reputación de las estrellas (futbolistas, cantantes, actores) depende más de su manera de comportarse (pensemos en Justin Bieber, Gerard Piqué, Johnny Depp o Cristiano Ronaldo), lo que llamamos reputación de carácter, que de su capacidad para hacer bien su trabajo, lo que denominamos reputación de competencia. La parte de la reputación que tiene que ver con lo que en inglés se llama ‘character’ (personalidad, naturaleza, personaje, símbolo o fama) hace referencia a cómo se comporta alguien o cómo es probable que se comporte esa persona, en definitiva, de su actitud. La parte de la reputación que tiene que ver con lo que inglés se denomina ‘competence’ (capacidad, competencia, disposición, idoneidad o habilidad) hace referencia a lo que hace alguien o a lo que se considera que puede hacer esa persona, en definitiva, su aptitud. Actitud y aptitud son las dos caras, por tanto, de una misma moneda que es la reputación de alguien, lo cual no es extraño si tenemos en cuenta que ambas son también las dos caras del talento de cualquier persona, talento por el que luego ha de ser reconocida. De hecho, todas las crisis, como la de Maradona o incluso las de diferentes empresas, se producen por una cuestión de carácter/actitud, de competencia/aptitud o de ambas a la vez, en los casos más graves. También es importante saber si las claves por las que opinamos acerca de una estrella son las mismas que utilizamos para valorar a un dirigente político o empresarial, por ejemplo, es decir, si el componente emocional es mucho más fuerte en el primero de los casos que en el segundo y, sobre todo, en comparación con el tercero, frente al componente racional. Lo que está claro es que la reputación depende más de lo emocional que de lo racional -algo demostrado psicológica y neurológicamente-, pero también de un contexto o, si se quiere, un enfoque que es diferente en función del ámbito al que pertenece o en el que se mueve una persona, en este caso. Y ese marco hace que lo que pedimos de esa persona sea diferente también: de una estrella no pedimos que nos solucione la vida, sino que nos ayude a proyectar nuestra identidad (nos identificamos con ella porque refleja nuestras aspiraciones no cumplidas, o sea, nuestros anhelos o nuestras frustraciones, según se mire). Y es que lo simbólico, el icono que representan esas leyendas o estrellas, es tan fuerte, tan determinante, que nubla cualquier otro elemento a juicio de sus seguidores -y no solo de ellos-. En cambio, de un empresario pedimos que contribuya a solucionar los problemas económicos y hoy también sociales de nuestro tiempo. En el punto medio se encontraría un político, en el que la proyección mental es menor que en el caso de una estrella, pero también es significativa, aunque la expectativa de aportar soluciones a los problemas del día a día sea mayor que en el caso de un empresario. Como resultado, otro elemento esencial en la reputación aparece en el horizonte: la inocencia o culpabilidad de alguien y el beneficio de la duda que otorgamos previamente en función de ello. Si nos proyectamos o identificamos con un personaje público y establecemos una relación de estima y admiración con él -superior al respeto y la confianza previas-, difícilmente consideraremos su culpabilidad, ocurra lo que le ocurra a esa persona (en el fondo, psicológicamente sería como admitir la nuestra propia, justo lo contrario de lo que buscamos) y pensaremos: “Bueno, se ha equivocado, ¡démosle otra oportunidad!”. En sentido contrario, si sentimos una importante distancia emocional con lo que ese personaje simboliza o significa, representa, fácilmente lo consideraremos culpable, incluso de cualquier incidente, por leve que este parezca, y diremos: “¿Lo ves? ¡Es exactamente lo que esperaba de él!”. Por tanto, aparecer como culpable o inocente de entrada ante la opinión pública y ante propios sus públicos no es precisamente una cuestión baladí sino capital y marca la diferencia entre salvarse ante un naufragio reputacional o perecer bajo él. Finalmente, es clave, asimismo, entender que no existe una única reputación, acaso una imagen difusa general que la mayoría de gente comparte (la opinión pública) y una serie de reputaciones que al final dependen más de ‘algo’ que es ‘alguien’ para otro ‘alguien’, esto es, que existe una reputación de algo (de hacer bien las cosas, jugar bien al fútbol, ser simpático, ser un mito, actuar como nadie, etc.) para alguien (para tus promotores, tus detractores, los periodistas, los aficionados, los expertos, etc.). Y que en función de ello, unos y otros, por una razón u otra, nos verán de una manera u otra distinta y a veces contrapuesta, aunque persista de fondo una idea general común, una especie de mínimo común denominador, pero con matices y acentos diferentes. Ricardo Gómez Díez, profesor del Máster en Dirección de Comunicación de ESIC

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Campus de ESIC en Madrid

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