Los tres pilares del docente

Los ebanistas del talento: ¿cómo nos ven? ¿Cómo deben vernos?

Alcanzadas las fases más inveteradas de la vida profesional, quien tiene la suerte de ejercer como docente confirma que la suya es una de las actividades, sin duda, más gratificantes de todas cuantas se pueden practicar, y pienso ahora, también, en los médicos, que salvan vidas. Los profesores somos ebanistas del talento. Pulimos maderas nobles hasta lograr piezas únicas, irrepetibles y originales. Son nuestros alumnos.

Y, permítaseme, nos sentimos orgullosos de sus progresos, y más cuando, pasado el tiempo, recuperamos su recuerdo al verlos triunfar en su vida profesional y pensamos que, de alguna manera, desde nuestro humilde conocimiento, hemos contribuido a alcanzar su éxito. Ni que decir tiene que cuando se produce el feliz reencuentro, el discípulo saluda al maestro, le sonríe, y le da las gracias. ¿Hay mayor premio que ver como quienes eclosionaron contigo te recuerdan como parte inherente de sus “días felices”?

Sin embargo, nuestros alumnos son seres dependientes cuando llenan las aulas. Nos necesitan, y por eso han venido en nuestra busca. ¿Cómo debemos mostrarnos para que su percepción sea la más positiva y aliente la colaboración entre ambas partes, agua límpida y esponja?

Existen tres pilares fundamentales para alcanzar la excelencia en una clase. La comunicación entre los seres humanos constituye la herramienta imprescindible para establecer el contacto. En el caso de la formación, la responsabilidad principal de adoptar una buena estrategia de comunicación recae en el profesor, aunque —a pesar de lo que algunos crean— ya no tiene la exclusividad del conocimiento. Hoy en día los alumnos disponen de fuentes de información inmediatas que pueden, cuando menos, contravenir las teorías defendidas. Internet es un canal de conocimiento, qué duda cabe, aunque se hace cada vez más imprescindible verificar las fuentes y asegurar su fiabilidad.

Cuando el profesor se expone ante los alumnos, estos se muestran expectantes. Los primeros minutos de una primera impresión, ya se sabe, son determinantes. Pero, a partir de ellos, con una buena o mala impresión (será más difícil con esta última), hay que seguir construyendo la clase.

Vayamos con los tres pilares:

  • El profesor se debe mostrar amistoso: debe quedar meridianamente claro que su actitud es la de compartir conocimientos y experiencias; en definitiva, ayudar al alumno. Atrás, muy atrás, quedó la imagen del profesor autoritario, que confundía la auctoritas con la potestas. Porque, es cierto, en otro tiempo era el profesor el que ejercía el poder, incluso el poder físico, sobre el alumno. Hoy en día esta actitud sobra, igual que sobra, si se me permite la comparación en términos de comunicación no verbal, la corbata. Este complemento, inevitablemente, separa dos mundos: el del profesor —el que sabe— (que la lleva) y el del alumno —el que no sabe— (que no la lleva). La auctoritas se construye y se proyecta, pero no se airea sirviéndose de iconos materiales coercitivos. Los tiempos están cambiando y los alumnos quieren ver a su profesor como alguien más cercano, más accesible, en un proceso presidido por la complicidad entre ambas partes, decididas a colaborar para mejorar.

 

  • El profesor se debe mostrar conocedor del tema que imparte. Su competencia profesional debe avalarle, bien previamente, a través de un curriculum distribuido entre los alumnos antes de iniciarse la clase; bien simultáneamente, con la exposición de la trayectoria profesional en el aula, defendida con cercanía, más en el plano casi de la anécdota que en el de la enjundia de lo realizado. A menudo me refiero en clase a mi “ridículum” para rebajar su trascendencia y proyectar más cercanía con mis alumnos. El profesor debe mostrarse conocedor de los temas, pero sin excesos ni dogmatismos. Me encanta esa variación de la expresión clásica de René Descartes“pienso, luego existo”a“dudo, luego existo”, en lo que significa de paradoja frente alcartesiano, que defendía que solo puede alcanzarse la verdad mediante la razón. Sin embargo, fue el propio Descartes el que afirmó que “la duda es el principio de la sabiduría” o, como defiendo, signo de inteligencia. No ha perdido vigencia, pues, en mi opinión, el método socrático de fomentar el pensamiento crítico de los alumnos para animar a una comprensión más profunda de la realidad y sigue constituyendo la base de la motivación en la enseñanza.

 

  • Finalmente, el tercer pilar: el profesor debe mostrarse humano, tan normal como el alumnado presente en clase. Aristóteles nos dejó clara nuestra condición de seres racionales. Sin duda, ¿quién podría rebatir al maestro? Pero al lado de esta verdad científica subrayada desde la filosofía, hay que sumar otra condición del ser humano que el marketing del siglo XXI está utilizando como condimento indispensable: la emoción. También somos seres emocionales. En este sentido, el esfuerzo de un profesor por proyectarse como más humano se agradece de inmediato. Y el alumno es el primero en percibirlo. Nadie es más que nadie. En alguna ocasión, he utilizado un recurso muy eficaz que consiste en preguntar por las habilidades de mis alumnos para moverse por las redes sociales y he invitado a salir a la tarima a alguno de ellos para explicarlo, mientras yo ocupaba su sitio en el aula.

Y llegamos ala parte final de esta reflexión, la más difícil, porque un acto docente no es sinónimo de acto teatral. Un profesor que pretenda aplicar estos tres pilares en su clase para mejorar la percepción de sus alumnos no puede hacerlo desde la impostación artificial, sino desde la autenticidad. Y recupero aquí una frase del maestro Ryszard Kapuscinski referida a mi gremio:“Para ser buen periodista hay que ser buena persona”, que me permito extender también a la docencia: “Para ser un buen profesor, hay que ser antes una buena persona”. De lo contrario, el alumno percibirá de inmediato la falsedad de lo que tiene delante. Pura fachada.

 

 

 

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