2018: Epílogo del año de las criptomonedas

Hace poco más de un año les presentaba el primero de los cuatro posts que he escrito sobre el fenómeno de las criptomonedas a lo largo del año 2018 que acabamos de cerrar.

Durante este tiempo, estas monedas virtuales se nos presentaban como nuevas formas del dinero tradicional, incluso como aspirantes a sustituirlo, polarizando la atención de inversores y reguladores. Pero además, y trascendiendo su marco de actuación original, abrieron la puerta a una nueva forma de entender las relaciones económicas y la distribución del valor entre las partes: la llamada criptoeconomía o, si lo prefieren, tokenización de la economía.

Comencemos por la cuestión central, la que está relacionada con su función monetaria y sus pretensiones sustitutivas del dinero, que a mi juicio ofrece dos perspectivas en su análisis.

Tenemos que empezar recapitulando iniciativas tan relevantes como el jcoin, moneda digital pero no encriptada (sin soporte de blockchain) para sustituir al efectivo en el sistema financiero japonés, o el proyecto denominado “Utility Settlement Coin” (USC) y respaldado por una docena de grandes bancos internacionales, entre los que está el Santander, que básicamente consiste en una pista de pruebas para que en el futuro todos los bancos (incluidos los centrales) puedan emitir su propia criptomoneda.

Por su parte, los bancos centrales, que son los actuales emisores de moneda de curso legal, estudian y discuten en el seno del Banco Internacional de Pagos de Basilea (el banco de los bancos centrales) la conveniencia de emitir sus propias criptomonedas, las denominadas CBDC (Central Bank Digital Currency). Y si bien es cierto que ya se han realizado algunas pruebas de concepto, algo que podría definirse como una prueba de capacidad del mecanismo que da soporte a una criptomoneda (por ejemplo, el Proyecto Jasper del Banco Central de Canadá), no hay consenso para dar el siguiente paso; en una palabra, no ven claro tomar esta trascendental medida.

Todos estos proyectos, y algunos más que no se citan, se enmarcan en la función primaria que ha de cumplir el dinero: ser un medio de pago, una función en la que el uso de las criptomonedas no se ha extendido de forma mayoritaria o con la velocidad y expectativas que inicialmente se planteaban, debido sobre todo a su escaso grado de penetración en los pagos minoristas. Para unos esto se debe a su ineficiencia frente al tradicional dinero electrónico y para otros a un problema de escalabilidad de la propia red.

A esta realidad tenemos que añadir otras dos que caracterizan el marco en el que las criptomonedas se mueven desde el principio: una altísima volatilidad en su cotización, asociada a una proliferación de activos en un mercado poco profundo y con una regulación asimétrica que las sitúa entre lo permitido pero no regulado específicamente.

Estas circunstancias ponen en cuestión que las criptomonedas cumplan las otras dos funciones que atribuimos al dinero como institución social de consenso: servir como unidades de cuenta y depósitos de valor.

Así pues, un año más tarde, las criptomonedas se mantienen en esa posición de aspirante a dinero, aunque por el momento no cumplan las ya mencionadas y legítimas pretensiones sustitutorias.

La segunda cuestión que hay que valorar, más trascendente aún si cabe por las expectativas que se habían generado, es la que tiene que ver con el avance de la tokenización de la economía, concepto del cual hemos de ponernos en antecedentes.

Hasta la aparición de blockchain, la tecnología que da soporte a las criptomonedas, el gran desarrollo tecnológico que habíamos experimentado era el denominado Internet de la información, que abrió la puerta a la libre circulación de la información, generando nuevos modelos de negocio como por ejemplo Google.

El blockchain, como protocolo descentralizado que no necesita un ente central verificador, es el eje donde se asienta el denominado Internet del valor, esta nueva expresión con la que se describe el nuevo concepto tecnológico pero también económico diseñado para registrar y digitalizar activos reales (que están presentes en la economía real) en una base de datos descentralizada e inmutable para, posteriormente, distribuirsu valor a través de tokens, que cumplen por tanto esa función vehicular como unidades de valor.

El segundo mecanismo que se necesita es, a su vez, la distribución de esos tokens, y eso se consigue con las ICO (Initial Coin Offering), de las que, aunque también nos hemos ocupado en este blog, conviene recordar que consisten en la financiación de proyectos ligados al Internet del valor, a través de campañas de crowdfunding en las que se emiten y ponen a la venta tokens.

Lógicamente, son este tipo de operaciones, las ICO, el canal de desarrollo, crecimiento y capilarización de esta economía del token, asentada, como decimos, en modelos de negocio que se desarrollan con tecnología blockchain.

Los inicios fueron fulgurantes, con un mercado desarrollado a partir de 2014que en 2017, según Ernst & Young, cifraba en 4.000millones de dólares (unos3.500 millones de euros) los fondos recaudados por las ICO lanzadas hasta ese momento en el mercado mundial (EE. UU. concentraba el 45 %), una cifra que, para que nuestros lectores tengan una referencia, triplicaba los fondos recaudados por la industria del capital riesgo en proyectos ligados al blockchain.

En octubre de 2018, la propia Ernst & Young revisaba los mismos proyectos de 2017 y en su informe concluía con una valoración bien distinta de cuando comenzaron a estudiarlo un año antes. Les resumo algunos datos que hablan por sí solos:

  • Tan solo diez tokens habían mostrado una evolución positiva desde 2017, pues una tercera parte habían reducido su valor a cero y más del 80 % cotizaba por debajo de su valor de emisión.
  • Lo más relevante en cuanto al proyecto (modelo de negocio) que hay detrás de la financiación es que tan solo el 30 % de los analizados había conseguido poner el producto en funcionamiento o, cuando menos, un prototipo. Dicho de otro modo, un 70 % de los proyectos financiados no tenía ningún producto, ninguna oferta para vender en el mercado.

No parece tampoco, pues, que el mundo de las ICO haya evolucionado positivamente un año más tarde o se haya consolidado en el mercado y mostrado como impulsor de la tokenización de la economía.

Así pues, para las criptomonedas, este ha sido un año de expectativas no cumplidas, quizá por excesivas, de pocos o ningún avance en temas críticos y aunque naturalmente el final no está escrito, hoy recordando el 10º aniversario de la primera transacción con bitcoines, recapitulo un frío epílogo para este fenómeno monetario, casi tan frío como este enero con el que comenzamos 2019.

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