El futuro del transporte puede ser hipertecnológico o incluso no ser

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Escuchando el hastío de mi taxista por los atascos que nos vamos encontrando al cruzar Madrid, prefiero no explicarle que la solución está mucho más cerca de lo que parece, pues podría no gustarle mi teoría.

Y es que, mientras nosotros conversábamos, unas cuantas decenas de taxis autónomos ya estaban circulando por varios distritos de Shanghái regalando el viaje a los usuarios que eligieran este servicio desde la aplicación de Didi. Otras compañías chinas y occidentales como Waymo o pony.ai están en la misma carrera desde hace meses.

Ciertamente, los taxis serán o están siendo ya la forma más popular de adaptarnos a ese nuevo paradigma, y el cambio comenzará a naturalizarse al usar este servicio. Sin embargo, el problema de los atascos no se resolverá solo reemplazando el servicio de taxi tradicional por el autónomo, sino cuando la mayoría de los coches que puedan circular por determinadas zonas de las ciudades y autovías deban ser obligatoriamente coches autónomos.

En este nuevo paradigma donde el tráfico será más fluido y seguro, no lo será solo porque los sensores y la inteligencia artificial no se cansan nunca, o porque son más precisos o llegan más lejos. Será más fluido y seguro porque los vehículos intercambiarán información en tiempo real sobre incidencias, densidad de tráfico, etc., tomando decisiones pactadas, públicas, inteligentes y distribuidas que permitirán reconfigurar el tráfico de forma óptima e inteligente en cada momento.

A este fenómeno imparable hay que añadir el de car sharing, donde decenas de compañías en todo el mundo como car2go, emov, WiBLE , ZITY, etc. alquilan vehículos por horas o minutos mediante aplicaciones muy ágiles y aprovechando las ventajas que le ofrecen las ciudades a este modelo. Cabe pensar que los dueños particulares de los coches autónomos también querrán aprovechar su inversión y no tendrán su vehículo parado y ocupando una plaza de parking en su tiempo de oficina u ocio mientras podrían estar prestando servicios remunerados a terceros.

Por último, la realidad actual de apps como Citymapper, Transit, Moovit, Yandex, RATP, etc., que saben recomendarnos la mejor combinación de opciones de transporte público y privado atendiendo a toda la información en tiempo real que genera la ciudad a modo de big data y evolucionando para integrar entre las opciones los coches autónomos de compañías y particulares, así como otros vehículos ligeros en sharing (como patinetes o bicicletas o incluso drones), permite imaginar un panorama de movilidad mucho más fluido, óptimo, eficiente y probablemente seguro en no muchos años…, pero ¿cuántos?

Como decía el científico Roy Amara (1970), «nuestra tendencia es sobrestimar los efectos de una tecnología a corto plazo y subestimar el efecto a largo plazo» y, en este caso, la transformación a esas ciudades con movilidad urbana cuasi perfecta puede estar todavía a más de dos décadas de distancia. Sin embargo, quizás para entonces todo lo expuesto aquí no tenga sentido porque, por ejemplo, la experiencia de telepresencia y realidad virtual sea tan próxima a la experiencia física que muy poca gente va a salir de casa si puede evitar perder tiempo en desplazamientos por muy eficientes que sean. ¿Sería este un futuro mejor?

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