Happiness, mentiras y cintas de vídeo

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«En el trono más alto del mundo, solo podemos sentarnos sobre nuestro propio trasero», dejó escrito Michel de Montaigne.

La felicidad modela estados de ánimo y calibra emociones mayoritariamente agradables. De un tiempo a esta parte, el pensamiento posibilista se ha vuelto muy popular e inunda los ámbitos corporativos. Hay pruebas de que la productividad aumenta el bienestar colectivo en el seno de una empresa, y eso ha dado lugar a la eclosión de las más variadas filosofías de happiness management.

En este artículo no abordaremos una reflexión sobre la felicidad organizativa desde la psicología positiva. Tampoco analizaremos los constructos que impactan sobre una magnitud tan sugerente como catalizadora del comportamiento individual y colectivo.

Siguiendo la serie iniciada hace unos meses a partir de la consistencia estratégica existente entre cultura organizativa, integridad de los directivos y antitalento, en esta nueva entrega abordamos el modo en que el compromiso afectivo se inhibe cuando los implicados detectan un desfase entre la realidad declarada y la realidad vivida en la empresa como consecuencia directa de los comportamientos espurios que quedan orientados a un anzuelo falaz, lo que da lugar al irreversible debilitamiento del compromiso y a una huida apresurada del talento.

La literatura disponible sugiere que la felicidad en el trabajo guarda relación con el desempeño individual y grupal. No resulta evidente la relación que existe entre la credibilidad del mensaje corporativo y su influencia sobre el nivel de felicidad percibida.

Como ocurría en la audaz cinta de 1989 firmada por Steven Soderbergh cuya paráfrasis da título a este artículo, las miserias humanas pueden ofrecer un frío espejo para cierto tipo de directivos, de tal modo que terminen por aceptar lacónicamente su limitación competitiva asumiendo que solo pueden lograr satisfacción estratégica al contemplar sus colecciones de case studies escritos entre finales de los años ochenta y la primera mitad de los años noventa.

La felicidad organizacional incluye la satisfacción laboral, pero va mucho más allá. Habla de permanencia y prescripción para todos los implicados. También supone una magnitud integral para explicar el compromiso afectivo con la empresa.

La cultura de la organización debe estrechar su vínculo con la coherencia y consistencia estratégicas a fin de facilitar la obtención de resultados competitivos que resulten sostenibles en la empresa frente a la competencia e impacten sobre el bienestar corporativo y la productividad laboral.

La competitividad a largo plazo viene indiciada por el rendimiento organizativo y el alineamiento de todos los empleados. Difícilmente resultará excelente una cultura de innovación construida sobre niveles deficientes de ética e integridad directiva, infestada de actores tóxicos antitalento que no solo debilitan el bienestar corporativo sino que proyectan una imagen incoherente de la compañía hacia sus trabajadores.

Como se puede observar en la figura adjunta, la toxicidad y la fuga de talento se disparan en tanto que aumenta el gap de integridad percibida entre el conjunto de declaraciones institucionales y los hechos vividos, por lo que se produce una caída estrepitosa de la felicidad en el trabajo.

Por el contrario, cuando el gap de integridad percibida es mínimo o inexistente, la felicidad en el trabajo es total, por cuanto las posibilidades de captación y retención de talento aumentan, y eso da lugar a un círculo virtuoso que permite el desarrollo de capacidades dinámicas como el aprendizaje organizativo o la creación y la gestión del conocimiento.

En un entorno VUCA, cabe alinear las visiones de forma sencilla y ágil ofreciendo consistencia estratégica y coherencia en el comportamiento ejemplar de los directivos y mandos medios para facilitar el surgimiento de inercias competitivas que marquen la diferencia a largo plazo.

A partir de nuestra experiencia en consultoría, podemos afirmar que muchos miembros de la alta dirección harían bien en tomar en consideración que una incorrecta gestión de la relación inversa existente entre confianza (gap de integridad percibida) y felicidad puede terminar dejándolos sentados solos «sobre su propio trasero», como decía Montaigne, e inermes ante las inclemencias del mercado.

 

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