Google no ha parado de evolucionar desde su lanzamiento allá por 1996 (o 1997 si consideramos su nacimiento cuando pasó de llamarse BackRub a Google). Actualmente, la compañía es el producto de más de 20 años de cambios constantes en los que, además de haber mejorado su cuenta de resultados, ha tenido al consumidor como eje central de su proyecto.
Las nuevas categorías de consumidores hacen que las marcas gestionen de una forma mucho más minuciosa los pequeños nichos de público que pueden generar oportunidades. Es un trabajo más complejo, pero a la vez con mayor espacio para la innovación. La clásica segmentación de los consumidores ha cambiado de forma revolucionaria en los últimos tiempos. La clasificación de los perfiles por edad, sexo o poder adquisitivo va perdiendo su rigor por culpa de (o gracias a) la amplitud del rango de los consumidores y los denominados estilos de vida.
Este verano, durante una jornada con un grupo de directivos, uno de ellos mostraba su frustración a la hora de impulsar iniciativas de transformación digital en su empresa. Tras conversar con él para entender la situación, expreso claramente el problema: «Me resulta muy difícil llevar a la práctica acciones concretas utilizando nuevas tecnologías».
Desde hace algún tiempo, muchos altos directivos de grandes agencias de publicidad en todo el mundo (también en España) afirman sin rubor que han dejado de usar o se han borrado de Facebook, pero que gestionan millones de euros en presupuestos publicitarios destinados a social ads, es decir, a promover a sus clientes en redes sociales entre las que destacan Facebook e Instagram. Muchos lo dicen públicamente en congresos que luego tienen gran repercusión.