Libra: un desafío monetario tras la apariencia de una criptomoneda

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A estas alturas del año, la mayoría de la población mundial conoce en mayor o menor grado que Facebook pretende lanzar su propia criptomoneda —libra—, a la que, por cierto, ha bautizado con el mismo nombre de pila que la libra esterlina, la moneda de curso legal que, estando en uso, presume de ser la más antigua en la historia del sistema monetario.

Aunque más modestos en número, los seguidores de este blog saben que desde sus inicios las criptomonedas han tenido su propio espacio, siempre con un enfoque divulgativo y de análisis como fenómeno monetario.

Ese camino de investigación, que he compartido a lo largo de varios posts con mis lectores, ha culminado en una obra escrita junto con dos queridos colegas que trata sobre la digitalización del dinero, y en la que nuestra principal tesis sobre las criptomonedas se muestra, aquí y ahora, especialmente relevante en el nacimiento de libra.

En la obra concluimos que las criptomonedas han presentado su legítima candidatura a convertirse en una nueva forma de dinero privado como institución social de consenso y conceptualmente opuesta al dinero de curso legal, el dinero fiat, emitido por los bancos centrales. Sin embargo, sus propias características —ser tokens digitales emitidos sin el respaldo de un banco central—, además de la altísima volatilidad de sus cotizaciones y los numerosos problemas de seguridad y seudoanonimato, han limitado considerablemente su aceptación generalizada como medios de pago y ofrecen serias dudas para cumplir las otras dos funciones atribuidas al dinero: unidad de cuenta y depósito de valor.

Pues bien, a mi modo de ver, estas debilidades son las palancas en las que libra se apoya para presentarse al mundo (aquí utilizo su propio eslogan) como “A stable global cryptocurrency built on a secure network”.

Atendiendo al informe del proyecto (*),hemos de fijarnos inicialmente en la naturaleza de la divisa creada y en su estructura de reservas:

  1. Está diseñada como stable coin, es decir, como criptomoneda colateralizada para reducir su volatilidad (como, por ejemplo, tether), aunque su valor no está vinculado a una única moneda fiat, sino a una cesta de activos representados principalmente por diferentes monedas de curso legal (fiat) e incluso deuda soberana de bajo riesgo.
  2. Tiene un volumen de emisión no limitado y, en todo caso, equivalente a los activos que actúan como colateral.

En esta primera aproximación a libra, descubrimos una divisa con respaldo de activos al 100 % en su emisión, desmarcada pues de la esencia de las criptomonedas strictosensu, como puede ser el emblemático bitcóin, y mucho más cercana al dinero fiat en el que se estructura su colateral.

Es más, si echáramos la vista atrás, encontraríamos no pocas similitudes con el llamado dinero signo, en el que el papel moneda que se emitía y utilizaba como medio de pago de la época representaba un valor previamente depositado y garantizado en activos de respaldo.

Adicionalmente, la estructura de reservas se diseña como una cesta de activos, diversificando así riesgos de colateral para minimizar la volatilidad que, además, no custodia el consorcio que la gestiona (Libra Association), sino que lo hacen entidades financieras que actuarían como bancos de depósito.

Este aspecto resulta paradójico, ya que permitiría que estos activos se convirtieran a su vez en dinero bancario (también llamado dinero escritural), aspecto este que, además de los riesgos de contrapartida que conlleva para el proyecto, no le gustaría demasiado a Peel, un banquero inglés al que hoy conocemos precisamente por su intento de poner coto al sistema de reserva fraccionaria a través de la denominada Peel Banking Act 1844.

Relacionada con esta estructura, destaca también la falta de operatividad directa con el usuario o tenedor de la divisa, ya que el propio sistema interpone entre este y el emisor (Libra Association) la figura de un exchange autorizado como mecanismo de garantía de liquidez e intercambio de la divisa.

Más allá de que el soporte tecnológico sea idéntico, vemos que en una red blockchain (que dicho sea de paso, en principio, es permisionada) poco o nada tiene que ver la concepción de libra con la idea original de criptomoneda entendida como dinero digital sin respaldo de un ente central.

Esta cuestión, que para algunos puede ser puramente filosófica, no solo creo que no preocupa al consorcio que está detrás de su lanzamiento, sino que más bien, y como ya apuntaba, lo considera un valor diferencial frente al resto de las criptomonedas del mercado.

Por ello, estoy seguro de que a nadie se le escapa el enorme efecto de adopción masiva que persigue el proyecto, ya no solo como divisa de pago, sino también como una alternativa transaccional a los canales tradicionales del sistema financiero, en la que se encuentran miles de millones de usuarios en torno a un consorcio de compañías, no solo de redes sociales, sino también de medios de pago y exchanges.

Finalmente, aunque pueda ser lo menos aparente, me gustaría abordar una cuestión de fondo, de más calado, como es el efecto amenaza que libra, como iniciativa potencial de privatización del dinero, supone para los bancos centrales y concretamente para su posicionamiento respecto a las criptomonedas.

En la obra colectiva que ya he mencionado, publicada en abril de este año, se dedica un capítulo de mi autoría a analizar el posicionamiento de los actores principales en esa compleja obra que en economía llamamos oferta monetaria.

En mi análisis, me detengo en los interesantes y profundos informes que, de la mano del Banco Internacional de Basilea, proporcionan a los grandes bancos centrales una coartada perfecta para mantener una posición ciertamente proactiva (la mayoría de ellos admite haber realizado pruebas de concepto),pero tibia y excesivamente conservadora, en mi opinión, en materia de emisión de las denominadas CBDC o criptomonedas de bancos centrales en español, que tal y como lo define nuestro Banco de España, “se concibe típicamente como un depósito en el banco central disponible para familias y empresas”.

Y es que ya por entonces escribía “…la emisión de una CBDC por un banco central podría venir determinada o, si se prefiere, empujada por la competencia con las criptomonedas privadas”.

Pues tal vez ese momento ha llegado, pero no puedo afirmarlo, porque los entes centrales siempre pueden protegerse con un argumento cuestionable pero efectivo: la regulación, y no parece que a libra le vayan a tender puentes. No me cabe la menor duda deque en la estrategia de lanzamiento de libra se ha estudiado esta debilidad, aprovechando el flanco que dejan en el mercado las CBDC.

Si retrocedemos tres o cuatro años, no muchos más, a la primera vez que oímos la palabra bitcóin, hemos de reconocer que estamos viviendo unos extraordinarios acontecimientos, que se han roto paradigmas y abierto puertas hasta ahora desconocidas en la tecnología y en la economía.

Bajo el prisma monetario, estamos en un momento intelectualmente privilegiado, aunque también polarizado entre los seguidores de la escuela austriaca, esperanzados en materializar los sueños de Menger y Hayek, rompiendo así el monopolio del dinero del Estado, y los que, desde la otra orilla, la de la teoría monetaria moderna, vaticinan negros augurios para cualquier forma de dinero que no sea el de curso legal, pues en definitiva es el único aceptado como pago de impuestos y deudas.

Contemplamos e intentamos descifrar un nuevo mercado, vertiginoso donde los haya, los criptoactivos: la eclosión de 2017, el parón de 2018, la resurrección de 2019 y… de repente, aparece libra, un auténtico desafío monetario para los bancos centrales, el sistema financiero y el criptomercado, pero envuelto, eso sí, en piel de criptomoneda.

Me despido hasta el próximo post con una frase de Friedrich Hayek:

“Un orden no intencionado puede ser superior a cualquier otro que sea fruto de intencionada creación”.

 

 

(*) libra.white-paper

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