Me encontré con un ciruelo cargadito de manzanas: posverdad y desconfianza

Hace mucho tiempo, cuando íbamos de excursión con el colegio, ya a bordo del autobús solíamos entonar una divertida canción cuya letra decía: “Ahora que vamos despacio, vamos a contar mentiras tralará. Por el mar corren las liebres y por el monte las sardinas”. La canción continuaba alegre entre trolas divertidas y fascinantesa la vez que el autobús iba salvando las curvas de la carretera y esquivando algún que otro bache.

Aquello era un simple juego infantil para matar el rato. Sin embargo, en la actualidad las mentiras, las noticias falsas o fakenews, si nos echamos al campo de los barbarismos (o extranjerismos si se prefiere), que circulan desbocadas y sin ningún control por medios y redes sociales, están poniendo en serio peligro la credibilidad de los medios y las plataformas que utilizamos para informarnos, y de paso también la reputación de las empresas, que en última instancia son las que financian estos medios.

El fenómeno no es nuevo. El concepto “difama que algo queda” ya lo puso en circulación hace más de 400 años Francis Bacon, filósofo y escritor inglés, que en su obra “De la dignidad y el crecimiento de la ciencia” acuñó de manera explícita la expresión “calumniad con audacia; siempre quedará algo”.

Y, precisamente, audacia no les falta a los que, sin ningún tipo de escrúpulo y con los más oscuros intereses, crean y difunden noticias como armas de destrucción masiva alejando la verdad de la información y creando estados próximos a la entropía y a la incertidumbre.

Estamos sentados en la era de la posverdad (post truth), un término que ha entrado por la puerta grande de la Real Academia Española, que ya ha definido el concepto como la “distorsión de liberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales”.

Es precisamente esa capacidad de influencia que tienen las noticias falsas la que requiere una profunda reflexión que lleve a analizar dónde radica ese gran poder de convicción: ¿en la credibilidad de la fuente emisora?,¿en el prestigio del medio?,¿en la forma de narrar la noticia?,¿en su formato?,¿en la manipulación de los elementos que la conforman?,¿o en que, a pesar de los grandes volúmenes de información que manejamos, somos cada vez más persuadibles o influenciables y además contribuimos de manera irreflexiva a difundirlas sin dedicar ni medio segundo a analizar su veracidad?

Probablemente, la fuerza que tienen las falsas noticias sea una mezcla de todo lo anterior, y lo que es aún peor: los datos de este fenómeno son estremecedores y van en aumento. En este sentido, tal como señalaba la consultora Gartner en su informe sobre predicciones tecnológicas, en el año 2022 el público occidental estará expuesto a más noticias falsas que verdaderas, sin la capacidad, ni material ni tecnológica, de contrarrestarlas. Si trasladamos el dato al campo de la empresa, y en concreto a la industria agroalimentaria, nos encontramos con que, según Food Retail, el 30% de las noticias falsas que circulan por las redes sociales tratan sobre alimentación. Y si tenemos en cuenta, además, que los consumidores utilizan cada vez más las redes sociales para informarse sobre determinados productos y que, según los datos, el 60% de ellos cambian su opinión o sus hábitos influidos por una noticia falsa, podremos concluir que los departamentos de comunicación y de relaciones públicas de las empresas tienen ante sí un desafío grande con este panorama desolador. Pero también lo tienen los Gobiernos, los políticos, los medios de comunicación, las redes sociales, la universidad y el sistema de educación, y la sociedad en general.

Algunos medios de comunicación como la CNN ya han puesto en marcha una campaña publicitaria que, con el nombre de “Facts First” y con un anuncio minimalista en extremo, ponía el dedo en la llaga de este fenómeno, aludiendo a que una manzana es una manzana y no un plátamo .Quizás para no dar crédito a la letra de la canción infantil: “Me encontré con un ciruelo cargadito de manzanas; empecé a tirarle piedras y caían avellanas”.

Por su parte, Facebook (o Fakebook, como el ingenio popular la ha rebautizado), viendo la magnitud del problema y cómo está afectando a su reputación, y en consecuencia a sus cuentas, también ha movido ficha poniendo en marcha algunas medidas, entre las que destaca el programa “Fact Checking”, por el que medios de comunicación y organismos especializados se ocupan de calificar las noticias que circulan en la red social.

No hay vacunas a la vista para esta enfermedad social. La solución vendrá también a lo mejor de la propia tecnología, como sucede con el blockchain, esas cadenas de validación de la información que nos harán sentirnos a todos más seguros con lo que leemos y vemos.

De momento las marcas y las empresas deberán trabajar con ahínco en la gestión de su reputación corporativa, especialmente en sus políticas de transparencia para evitarlos riesgos que conlleva el virus de las falsas noticias para su salud.

La publicidad, que también sabe más por vieja que por sabia de jugar con los sentimientos de las personas y de crear corrientes de opinión, ya se vacunó (o la vacunaron) contra la publicidad engañosa, que tanto mal hizo y que afortunadamente se ha ido disipando, como consecuencia de una legislación adhoc en esta materia, además de tipificar otros formatos como la publicidad ilícita y desleal a través de organismos de autocontrol y, sobre todo, por los usuarios, que tienen el poder de creer o no, de probar y dejar de comprar si no están satisfechos o si la promesa de beneficio del producto es falsa. En el sector también se aplicaron el cuento de que las mentiras tienen las patas muy cortas y el daño que causan a las empresas es muy grande.

Quiero concluir con aquellas palabras del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha: “Cambiar el mundo, amigo Sancho, que no es locura ni utopía sino justicia”. ¿Será verdad? Pero es que la palabra utopía no aparece siquiera en la novela.

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