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España, un mercado en eclosión o un mercado eclosionado

Marketing y Comunicación | Artículo
  • Enero 2018
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Desde finales de la década de los 90, con el desarrollo de las telecomunicaciones móviles y fijas, comenzó a crecer un gran número de compañías de base tecnológica e innovadora que, sirviéndose de estos desarrollos, crearon múltiples modelos de negocio. Si bien a principios del nuevo milenio se experimentó una gran burbuja, que estalló en la cara de inversores y usuarios, tras un período de adaptación y en el amparo de una nueva generación de consumidores, nos encontramos inmersos en una verdadera época de impulso y consolidación del fenómeno start up.

Hoy, tras una década de crecimiento de usuarios y consumo de comunicaciones y dispositivos, el mercado de las empresas de base tecnológica sufre una adolescencia en numerosos países mientras que en la cuna de su creación comienza a alcanzar una madurez en su conceptualización.
Si los EE.UU ya cuentan con, al menos, cinco centros de innovación tecnológica y de creación de empresas muy consolidados y que acompañan a Silicon Valley en el desarrollo de compañías tecnológicas de distintos ámbitos y especialidades, el resto del mundo -quizá con la excepción de Israel- se intenta acompañar este fenómeno desde posiciones, culturas y mercados muy diferentes.
En el caso de España, este fenómeno ha adquirido una extraordinaria relevancia en los últimos cinco años, fruto de varios factores entre los que se encuentran la necesidad de autoempleo, el atractivo para algunos de la libertad de tener un trabajo y empresa propia, la densidad de mensajes, informaciones y promociones por parte de políticos, medios de comunicación y líderes de opinión y otros muchos son la causa sumadas unas a otros de esta efervescencia.

Pero “Spain is different”. Mientras el eje en otros países de este calentamiento es fruto, principalmente, de una inquietud ya existente y que, ahora, ha eclosionado, en el caso de España ha dado fruto por dos razones.  Por tanto, ha dado como resultado dos tipos de start up. Por un lado, nos encontramos a aquellos que, gracias a un cambio social, público y privado se han atrevido, independientemente de su edad, a lanzarse a la aventura que supone lanzar una empresa en el ámbito digital y, por otro lado, surge el emprendedor fruto de la necesidad, del desempleo y de la falta de oportunidades. Ambos operan en el mismo mercado pero con motivaciones, aspiraciones y elementos diferentes.
El mercado para las start ups se divide, a su vez, en innovadoras y copiadoras, aquellas que intentan crear algo disruptivo en el mercado y por otro lado, aquellas que copian modelos existentes en otros países y los adaptan al mercado español con las esperanza de alcanzar una penetración y relevancia que les permita ser vendidas posteriormente a, precisamente, aquellas compañías a las que han copiado.
Por otro lado, el mercado de las start ups necesita de un actor imprescindible -que son los inversores- y, en este sentido, el mercado español tiene mucho que esperar. Y no por la calidad de las compañías e inversores que operan en estos momentos sino más bien por el volumen de inversores que pueden absorber posiciones en compañías del ámbito tecnológico. La administración pública ha iniciado determinadas actividades con el objetivo de favorecer las inversiones de los llamados “business angels” pero dentro de la cultura española, la inversión de alto riesgo es una de las de menor aceptación. La transición de los inversores españoles de los modelos especulativos a los modelos de riesgo va a requerir de un período de maduración bastante extenso.
Dentro de los factores que dinamizan un sector como el de las start up, el elemento que faltaría es el ámbito del conocimiento que, en gran medida, ha sido establecido por las universidades y centros tecnológicos en otros países y, por supuesto, en la cuna de este fenómeno, los EE.UU. En relación a este tema, las universidades españolas mantienen estructuras poco dinámicas en relación a sus competidores europeos y norteamericanos. Una nueva conceptualización de la metodología de formación y de las capacidades que deben tener los estudiantes de tecnología debería servir para crear centros de conocimiento y desarrollo que permitan mantener nuevos centros formativos en el ámbito de la innovación. Estos centros deberían ser otro de los polos de activación de tecnologías y centros de desarrollo de empresas digitales.
Para terminar, existe un valor fundamental para que el desarrollo de empresas tecnológicas tenga un caldo de cultivo idóneo. En los últimos años, la percepción del emprendedor -y no tanto del empresario- ha subido puestos, fruto de esa utilización masiva por parte de medios y políticos del término. Una verdadera aceptación social del riesgo, el conocimiento, la ambición, el espíritu de sacrificio de los emprendedores analógicos o digitales serviría para establecer las bases que permitan que el resto de las medidas puedan alcanzar o tener un efecto promotor.

Una verdadera eclosión en el ámbito de las empresas digitales se produce no por el único efecto del número de personas que se lanza a la aventura sino más bien por la suma de iniciativas privadas y públicas, centros de conocimiento e incremento de inversores pero, sobretodo, por el cambio social que apoye la economía del conocimiento, la creativa y digital.

«Manuel es uno de los profesores del Curso Especializado en Cómo crear una Startup que dará comienzo el próximo 25 de octubre en ICEMD».


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