El reto de las entrevistas de trabajo | Prohibidos los perfeccionistas

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La actitud dominante en una entrevista de trabajo cuando alguien aspira a ser seleccionado para un puesto de trabajo es la sumisión. Entra en el despacho dispuesto a no llevar la contraria a ninguna de las opiniones allí expuestas por extravagantes que sean y a mostrarse abierto a la colaboración y a la identificación con la marca, que no dejará de elogiar a la menor ocasión, dejando entrever un sentido positivo generalizado como carácter. Pero la comunicación con el candidato se extiende desde el minuto uno hasta el último. Por eso resulta fundamental la llamada primera impresión.

Los cuatro minutos iniciales resultan determinantes. Ya se sabe que nunca hay una segunda oportunidad para causar una buena impresión. El primer impacto es decisivo pero, insisto, no infalible. Puede conducirnos a un prejuicio y, por tanto, a equivocarnos en la valoración. Desde el punto de vista del calificador se requiere una atención tan despierta a los grandes y pequeños gestos que un día de entrevistas puede resultar agotador, física y psicológicamente. No podemos perdernos nada de lo que ocurra en la sala de la entrevista. Una mirada, una sonrisa, una postura, un gesto con las manos pueden informarnos muy bien acerca de quien tenemos delante.

La comunicación no verbal se ofrece como la más eficaz en estos procesos. Tanto que puede incluso contradecir, como suelo subrayar en mis clases, lo que se comunica a través del lenguaje verbal. Y en caso de conflicto prevalece la información suministrada por los gestos. Una entrevista laboral se puede llevar preparada de casa. Existe suficiente información orientada a estos encuentros como para que un aspirante pueda “teatralizar” una parte de su entrevista pero no la totalidad.

La comunicación no verbal, basada en los gestos, no resulta tan fácilmente manipulable como las palabras. Y de intentarlo, se percibirá su falta de naturalidad y la afectación, muy negativa. No conviene aparentar lo que uno no es. Tarde o temprano, la treta quedará al descubierto, y no olvidemos que el personal de recursos humanos está especializado en estos procesos de selección, y que no sería del todo extraño que en el tribunal participara, además, un experto en comunicación no verbal, que “levantará acta” de las verdades y mentiras que proyecta el candidato.

Hace algunos años, a la hora de autodefinirse, el candidato se autoproclamaba perfeccionista, y lo hacía apoyado en la creencia de que esta condición resultaba positiva y por tanto atractiva de cara a la selección. Hoy en día, las circunstancias han cambiado.

Dios me guarde de un perfeccionista. Y lo dice uno que todavía no ha superado su adicción a esta condición. He tardado muchos años —demasiados— en asumir la frase que dice: “Lo perfecto es enemigo de lo bueno”. ¡Cuidado! Los perfeccionistas no son buenos elementos grupales. Si lo que buscamos es integrarlos en equipos de trabajo compactos y cohesionados, los perfeccionistas constituirán la dinamita que los destruya.

El perfeccionismo llega a convertirse en una barrera a la hora de acometer objetivos individuales difícilmente alcanzables, y resulta infranqueable cuando estos trabajadores deban colaborar de forma inevitable con otros compañeros no tan preocupados por el detalle como ellos y, por tanto, “imperfectos” ante sus ojos.

¿Cómo confiar entonces en alguien que es imperfecto?

Solución: hacerlo uno mismo prescindiendo del grupo, asumiendo todo el trabajo y provocando desconfianza en su entorno laboral. El exceso de trabajo autoarrogado, sumado a su retrato del resto de componentes del equipo —desde luego no adscritos a la condición de perfeccionistas—le conducirán, irremediablemente, a cortocircuitar los resultados y hasta el ambiente de la compañía.

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